lunes, 8 de febrero de 2016


Sah, una vida de bienestar cognitivo
parte III de III



Ahora, en la adultez mayor, Sah se enfrentaba a una “extraña” dificultad en su vida: notaba que en los últimos meses, familiares y amigos, le decían con cierta frecuencia que notaban que su capacidad para definir objetivos en la vida y pensar en actividades que condujeran hacia su cumplimiento era menor; y que, además, en cada actividad que hacía no se fijaba si le resultaba bien: no evaluaba sus actos.


–Sah, tú ya no planeas ni ordenas tus ideas. Tu único norte es Vicente.

Sah no comprendía en ese momento lo que familiares y amigos le decían. Para lo que pidió mayor claridad.

Uno de sus familiares le dijo:

-Mira Sah, recuerda cuando tres semanas a tras nos invitaste a ir contigo al mercado. Cuando llegaste, tarde por demás, no nos dijiste lo que íbamos a hacer aun cuando te lo preguntábamos insistentemente, es decir que tú no te habías fijado un propósito para ir al mercado. Una vez decidimos comprar algunas frutas para preparar un postre en tu casa, inmediatamente fuiste a la sección de frutas, lo cual no está mal, pero cuando se te llenaron ambas palmas de las manos con un par de sandías, ya no sabías cómo ibas a coger y llevar las cerezas. Sah, en ese momento te faltó saber que necesitabas hacer algo previo como era coger un carrito de mercado.

-¿Y eso está mal? ¿Que se me haya pasado por alto eso? Replicó Sah.

-Cuando llegamos a la caja registradora, intervino un segundo familiar, no tenías dinero para pagar. Resuelto esto, nunca te enteraste que para el postre necesitábamos otros ingredientes, los que llevamos a tu casa sin haberte enterado. Preparado el postre, y hasta este momento, no te habías preguntado cómo llegaron hasta tu cocina la totalidad de ingredientes.

-En el mercado yo tenía en mente otro postre, solo que no me decidí por cuál de los dos, y dejé simplemente que lleváramos cualquier fruta. Eso sí, sin saber para qué. Repuso Sah.

-Mira, Sah, cada uno de nosotros puede recordar una situación diferente pero que en común comparten la forma como tú procedes: no planeas, no te fijas en lo que hay que hacer para llevar a cabo determinada tarea, se te dificulta tomar una decisión frente a varias opciones presentes, como cuando te encontrabas en la plaza y frente a las posibilidades del metro, el taxi o ir caminando tres cuadras hasta tu casa, te la pasaste 1 hora sin decidir qué medio tomar, hasta que hubo que ir a recogerte. Además, ¿no te parece, por lo menos curioso, que aún no hayas terminado de pintar el cuadro que comenzaste hace dos meses, cuando tú solías pintar tres por mes?  

 Había por qué preocuparse, y tal vez más de lo que habían mostrado familiares y amigos.

Lo que mencionaban de Sah era una alteración en sus lóbulos prefrontales conocida como disfunción ejecutiva. Sah presentaba dificultades para organizar, planificar, ejecutar y evaluar su desempeño en las actividades cotidianas; de igual manera, no priorizaba entre las actividades que debía realizar. Su función ejecutiva estaba fallando.

De inmediato, Sah supo qué hacer. A sí como había sucedido con la memoria, la atención y la creatividad, con la función ejecutiva debía proceder semejante: entrenarla en situaciones denominadas ecológicas, es decir, en la vida misma.

Acudió a su reserva cognitiva y logró que la disfunción ejecutiva no fuera mayor, incluso que su fortalecimiento se diera en menos tiempo y con mejores resultados.

Sah, a sus 97 años de edad, me contó toda su vida con el detalle que solo un microscopio permite, y su memoria para el caso. En nombre de Sah, sin haber sido su petición, pues solo quien va a morir hace peticiones, me he decidido escribir su vida en un aspecto que es vital para todo ser humano, desde que nace hasta que llega a su adultez mayor: el cuidado de lo más importante del cuerpo humano, de su motor, de su eje: el cerebro.

En ocasiones Sah lee este breve relato a mis hijos, sus nietos, mientras yo acudo al gimnasio mental.

  
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